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A veces me quedo pensando en las puertas de las iglesias. Y no sé si entrar. Me han parecido siempre lugares como mínimo reservados, y muy respetables. Y por eso , aunque no profese ninguna religión, me llama la idea de adentrarme en esos silencios, de sentarme a escuchar la ausencia de ruido, y a sentirme de alguna forma arropado por otros seres que han llegado hasta ese lugar arrastrados por su fé, o tal vez por la misma sensación de tranquilidad que me transmite a mi.

Siempre me ha llamado mucho la atención la separación que generan los muros de una iglesia, el exterior con sus ruidos y problemas, el interior con su paz y su suave parsimonia. Es como si la puerta de Dios (de cualquier Dios), se abriese y nos enseñase de lo que estamos necesitados.

Es muy frecuente, además encontrarse a personas rezando, o simplemente meditando (en realidad no concibo la diferencia), es entonces cuando mas se hace respetable el ser humano, cuando está consigo mismo y en su interior no hay espacio para algo que no sea la paz.

Tambien es por eso que las celebraciones religiosas no me gustan porque tratan de contentar, de concentrar, de cautivar al mayor numero de personas simultaneamente, y eso, a mi entender es imposible. La fé es algo que se cultiva muy interiormente, muy dentro. No con grandes fastuos, ni con grandes eventos multitudinarios, eso es contrario a la persona.

No se sabe a ciencia cierta, si el culto religioso es debido a una parte de nuestro ser que busca un “padre” superior, porque realmente existe, o es algo que nos hemos construido, a partir del momento en que no hemos entendido ciertas cosas. Yo soy mas partidario de la segunda opción, porque a medida que avanzamos en conocimientos, las viejas creencias, van cayendo por su propio peso, como algo que no tiene sentido en nuestros dias