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CAPITULO 1

CAPITULO 2

CAPITULO 3

CAPITULO 4

CAPITULO 5

Ahora veo las cosas de otra manera, pero entonces, pensar que mi padre se podía dedicar a algo ilegal me daba mucho miedo. Tenía miedo de que viniese la policía a casa en mitad de la noche y nos llevase detenidos a todos. Yo no imaginaba a que se podía dedicar mi padre con esos paquetes que recogía en el bar de la Susy. Yo había oido hablar de gente que traficaba con aceite, azúcar, alimentos… pero nada de eso podía contener el paquete que le fui a buscar a mi padre al bar. Y además, el hecho de que la policía estuviese vigilando de noche, supongo que a la espera de que apareciese Venancio, no era tampoco razón si lo que se traían entre manos era lo que hacían la mayoría de los estraperlistas con la comida.

Quería saber que era lo que mi padre hacía. Pero no sabía como. Se lo comenté a mi amigo Aurelio. Aurelio era un buen amigo, perdió a su padre con sólo 4 años, y su madre tuvo que sacar adelante a él y a cuatro hermanos mas. Aurelio era el mayor y llevaba mucho tiempo trabajando en una chatarrería. Apenas había ido a la escuela, pero sabía muchas cosas de la vida. Cosas que le contaba el viejo Saturno, el dueño.

Aurelio había aprendido a multiplicar oyendo a Saturno hacer cuentas por la noche. Se quedaba con él, porque le daba de cenar y así su madre no tenía que hacérsela. Además por la noche contaban lo que habían sacado por el día, y el viejo Saturno le daba alguna perrilla que Aurelio guardaba para llevar a casa. Solamente los viernes se acercaba a un estanco que también era ultramarinos, y se compraba un poco de tabaco y papel de liar.

Fumaba desde los doce años, pero solamente un par de cigarros al día.

Cuando le conté lo de mi padre, me miró y dijo.

-Yo ya lo sospechaba, Saturno me contó alguna cosa una noche que había bebido de mas. Creo que son cartillas de racionamiento, las falsifican en una imprenta ilegal y las venden.

Era creible. Yo había oido que los mas pudientes se hacían con cartillas de racionamiento especiales para sacar mas cantidad de comida, y en mejores condiciones. Y tenía que venderlo a los ricos, de lo contrario podría ser muy sospechoso.

-Pero yo que tu no me preocuparía por la policía, me dijo Aurelio. No creo que lo quieran meter en la cárcel. Lo que buscan esos es conseguir esas cartillas gratis para su uso personal. Son unos corruptos. Prefieren hacerse con una cartilla que les pueda dar aceite, carne y pescado, antes que denunciarlos. Ellos no dicen nada y hacen la vista gorda. Supongo que alguno estará esperando que le “unten” por algún servicio. Y se habrán retrasado.

Me sorprendió lo que podía saber Aurelio, pero era fácil que tuviese razón. A partir de ese día intenté averiguar algo mas sobre lo que hacía mi padre, pero no encontré nada. Unos meses mas tarde tuve la certeza de que lo que había imaginado Aurelio era verdad, pero lo contaré en otro momento.

Aurelio tenía dos años mas que yo, y eso, para mi, era como un grado superior. Fumaba, trabajaba, tenía tiempo libre mientras yo iba al colegio, se compraba tebeos… era evidiable. Se decía entre los otros chicos, que ya había tenido varias novias y que a mas de una le había metido mano. Pero no presumía de nada. Mas bien lo contrario. Y yo no me atrevía a preguntarle. Pero sin duda, lo que mas envidiaba de Aurelio era la radio que tenía. Una radio a pilas que alguien había llevado a la chatarrería, y él la había arreglado. Los domingos por la tarde se iba a la explanada, se sentaba en una piedra, ponía la radio y se fumaba un par de cigarros mientras los demás, a varios metros de distancia le observávamos y oíamos las canciones que salían de su “transistor”. Siempre era él el que se acercaba hasta nosotros para charlar.

Antes de irnos a casa, escuchábamos los resultados de fútbol, yo los memorizaba, y cuando llegaba a casa se los decía a mi padre, aunque a él solo le interesaba lo que había hecho el Madrid.

-Como ha quedado el Madrid, hijo?

-Ha ganado dos a cero

-Que grande es! Este año también nos llevamos la liga.